Esta guía va de culo…
15 enero, 2012 – 2:58 PM | Sin comentarios

En esta guía encontrarás todo lo que nunca te han contado sobre tu culo: con un diseño y presentación atrevidos, esta guía trata sobre esa parte de la anatomía masculina y también se incluyen informaciones que van desde lo más físico o anatómico a lo cultural y psicológico.

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¿Cómo cazamos al hombre del saco? – Capítulo Primero

Escrito por el 11 junio, 2010 – 6:00 AMSin comentarios
¿Cómo cazamos al hombre del saco? – Capítulo Primero

Dan G. Ochoa (11/junio/2010)
danyboy@frecuenciaalterna.com

Gracias a mi madre por apoyar con estos
textos escritos por Andreu Martín.

CAPITULO PRIMERO

La caza de Godzilla

Era noche cerrada cuando sonó el teléfono. Me desperté sobrecogido, con la seguridad de que había ocurrido alguna desgracia. Oí la voz de mi padre que contestaba. De pronto alzó la voz y siguió hablando de prisa, muy de prisa. Y al momento idas y venidas por el pasillo.

-Mi padre se ha hecho daño, mi padre se ha  hecho daño.

Se refería a mi abuelo Boris.

Oí como mis padres cuchicheaban en su habitación, mientras él se vestía, creían que yo estaba dormido y no les oía.

-Esto no puede seguir así, tenemos que traer a mi padre a casa, tiene que vivir con nosotros.

Mi padre no tenía la conciencia tranquila. Hacía mucho tiempo que sus hermanos, mis tíos, habían decidido que el abuelo Boris tenía que ir a vivir a una residencia. Mi padre no estaba de acuerdo con eso, pero ellos eran mayoría y tuvo que ceder.

-¡Cómo se nota que no lo tienes en tu casa! – protestaba tío Leopoldo que sí lo tenía en la suya.

-Si no quieres que lo llevemos a la residencia –le decía tía Sandra-, llévatelo a vivir contigo.

Entonces mi padre había dicho que no, que eso era imposible porque nuestra casa era muy pequeña y estábamos muy lejos de la ciudad donde viven mis tíos, que es donde se encuentra la residencia en la que internaron al abuelo.

Mi padre es carpintero. El negocio muy bien, pero la ampliación del almacén y del taller se ha ido haciendo a costa de nuestra vivienda, que está al lado en una planta baja.

Pero aquella noche, cuando supo que mi abuelo Boris se había hecho daño, mi padre tomó la decisión.

-Iremos a buscarlo y lo traeremos a la casa.

-¡Pero Félix está muy  lejos!…

-No importa. Será como ir de excursión de fin de semana. Despierta al niño.

Me despertaron, y nos pusimos en camino. Mi padre, utilizando el móvil, llamaba a la residencia y pedía que tuvieran al abuelo preparado. Yo me imaginaba que lo envolvían en papel de regalo y nos lo dejaban en la puerta de casa con un lacito.

-¿El abuelo está loco? -pregunté, para confirmar algunos rumores que me habían llegado.

-No, Daniel. El abuelo Boris solo es un poco excéntrico.

-¿Qué quiere decir excéntrico?

-Quiere decir raro. Extraño. Estrafalario.

Me imaginé un fenómeno de feria: el hombre más gordo del mundo; el hombre de dos cabezas; el hombre con cuerpo de rana. Pero me interesaba mucho dejar las cosas claras desde el primer momento y alejar toda clase de sospechas.

-O sea, que esa residencia donde está, ¿no es un manicomio? –insistí.

-¡Claro que no! –Dijeron mis padres después de intercambiar una mirada de complicidad para ponerse de acuerdo sobre quien debía de hablar primero-. Es una residencia de ancianos.

-Bueno- respondí, decepcionado. Había visto algunas películas de locos peligrosos y sabía que daban mucho juego. Siempre eran asesinos furiosos y les pasaban cosas de lo más emocionante.

Llegamos al pueblo a media tarde. Durante el viaje, mi padre había llamado al tío Leopoldo para comunicarle que nos llevábamos al abuelo a casa. Mi tío puso el grito en el cielo.

-No sabes lo que estás  haciendo. Te arrepentirás. Nuestro padre está loco. Te hará la vida imposible.

Pero papá quiere mucho a su padre.

-¡Es mi padre! – exclamó.

Me habían dicho la verdad. A la entrada del lugar donde fuimos a buscar al abuelo había un letrero donde decía Residencia y otra palabra estrambótica que no pude entender. Tenía un jardín verde y soleado, con árboles y una casa blanca, como la Casa Blanca de los americanos, que parecía recién pintada. Un manicomio habría sido siniestro, de color gris, y habría estado rodeado por una tapia altísima, coronada con una alambrada eléctrica, y habría sido de noche y estaría cayendo una  terrible tormenta con rayos y truenos.

Mi madre y yo nos quedamos en el coche mientras mi padre entraba en la residencia y hablaba con quien tuviese que hablar. Después de esperar largo rato en silencio, los vimos salir.

A mi abuelo Boris se le veía muy vital y animoso para ser  un viejo. Larguirucho como una jirafa y delgado como un alambre. Pensé que no cabría en la casa, que tendría que andar siempre agachado. Iba despeinado, caminaba muy deprisa y, mientras hablaba con papá, movía sus largos brazos como si estuviese dirigiendo desde la pista el aterrizaje de un avión en llamas.

Llevaba en  la frente un esparadrapo muy aparatoso y, por debajo, se le veían un buen chichón y restos de sangre seca.

-Pero ¿Cómo has podido hacerte esto, papá?

-¡Gajes del oficio, chico! –Gritaba el anciano mientras se subía al coche -.

¡Esto me lo hice mientras intentaba cazar al Godzilla!

Me quedé de una  pieza.

¿Tú has intentado cazar a Godzilla? –exclamé-. ¿El monstruo?

Mi madre suspiró y miró al techo. Mi padre movía la cabeza preocupado. El abuelo Boris pareció sorprenderse de mi sorpresa.

Ya sabes a qué me refiero. Godzilla es aquella bestia más grande que el rascacielos más alto de Nueva York. Cada una de sus patas traseras tiene el tamaño de un autobús. ¿Cómo era posible que mi abuelo Boris hubiese luchado contra Godzilla y hubiese sobrevivido?

-¡Sí, señor! Pero ¿es que no lo sabes? ¡Yo soy cazador de monstruos! ¿No lo sabías?

No, no lo sabía.

-No le calientes la cabeza al niño, papá –dijo mi padre.

-No le caliento la cabeza. Tendremos que conocernos, ¿no? Tú eres Daniel, ¿verdad? ¡Cómo has crecido! ¿No te gustaría echarme una mano en mi trabajo? Yo ya soy muy mayor. Necesito un ayudante joven, fuerte y valiente como tú…

-Deja tranquilo al niño, abuelo –dijo mi madre un poco alarmada.

Durante el viaje de vuelta, mi abuelo Boris me fue relatando cómo había estado a punto de capturar a Godzilla.

-Siempre cazo con cebo, ¿sabes? Como antiguamente se cazaban los leones. Preparaban una trampa junto a un árbol, y en él ataban un cervatillo y, como tiene hambre, se acerca para comérselo. Se acerca. Se acerca. Y, cuando está a punto de capturarlo, pam, el cazador acciona la trampa, ¡y el león cae dentro de la red!

-¿Y qué le pusiste a Godzilla para que callera dentro de la trampa?

-¡Coches! –Exclamó, después de un titubeo, como si pronunciara una palabra mágica-. ¡Coches! ¿No has observado a Godzilla cuánto le gusta pisar coches? La inspiración me vino cuando vi una fábrica de coches muy cerca del mar. Ya sabes que Godzilla vive en el fondo del mar.

Efectivamente: en la película de Godzilla que yo había visto, el monstruo salía del fondo del mar. Continuaba el abuelo:

-En una explanada inmensa de esa fábrica había miles de coches. Pensé: <<Si Godzilla viese esto, se le caería la baba.>> Entonces se me encendió una luz. Y fíjate bien lo que hice:

<<Grabé en una cinta el casete del sonido de la bocina de un coche. Y luego otro, y otro, y otro, hasta que al final, resultó un follón espantoso de bocinas de coche, el sonido amplificado de miles y miles de coches haciendo sonar el claxon al mismo tiempo, como si estuvieran atrapados en un embotellamiento universal. Coloqué altavoces por toda la explanada de los coches para que, a toda potencia, transmitieran aquel sonido a los cuatro vientos.

<<¿Comprendes? Pensé que, cuando Godzilla oyera aquel estrépito, no tendría más remedio que salir del mar a ver qué pasaba. Y cuando viera aquella extensión de miles y miles se vehículos, no podría resistir la tentación de correr a aplastarlos.

<<Entonces, yo estaría esperando con dos aviones preparados. Entre los dos aviones, habría una gigantesca red, de alambre de acero, para atrapar al megamonstruo.

-¿Y que paso? –pregunté, boquiabierto.

Chasqueó la lengua como queriendo decir <<Nada, fracaso absoluto>>.

-El monstruo ya se iba acercando. Podía sentirlo llegar, bajo el mar. El agua estaba agitada, las gaviotas habían desaparecido y notaba temblar la tierra bajo mis pies. . .

Pausa

-¿Y?. . .  – Yo, exasperado.

-Me había subido al techo de un coche para dirigir la operación. Y entonces se pone a llover, resbalo sobre el techo mojado del vehículo, me caigo al suelo de cabeza y me hago este chichón.

-¿Y Godzilla?

-No vino. Seguramente, al observar mi brusco movimiento, se dio cuenta de que era una trampa y se retiró rápidamente hacia el fondo del mar.

-No le cuentes estas cosas al niño –protestó mi madre-, que luego no dormirá.

-A su edad, ya puede ir aprendiendo lo que es la vida –replicó el abuelo Boris.

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