¿Sordos, ciegos y mudos?
Maggy Fernández (18/junio/2010)
lajanis@frecuenciaalterna.com
Se dice que los niños son el futuro de todas las sociedades, que de los adultos depende su educación y guía. ¿Y deberás seremos una guía confiable? “La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras” (Jean J. Rousseau).
Sin embargo, sucede que un niño para poder conocer, explorar y desenvolverse en el mundo nos tiene a nosotros, indicándole todo lo que debe o no hacer. Pues les damos las bases y herramientas sobre comportamientos, costumbres y creencias que están implementadas en la sociedad.
Sin duda alguna es un trabajo difícil, pues el principal objetivo de ese legado no sólo es pasar de generación en generación todo el bagaje cultural. Va mucho más allá de lo verdaderamente importante. Necesitamos nuevas generaciones que sepan pensar, decidir, sentir, transformar, hablar, escucharse internamente, intentar hacer cambios en ellos y su alrededor.
Para mí sería la forma ideal en que una sociedad debería actuar, para que los cambios fueran posibles. Como dijo María Montessori “Si la ayuda y la salvación han de llegar, sólo puede ser a través de los niños. Porque los niños son los creadores de la humanidad”; sin embargo, la realidad dista mucho de este pensamiento, quizás para unos demasiado utópico, y digo quizás porque la mayoría de nosotros “los adultos” no recapacitamos en lo que enseñamos a los niños y niñas de este país, es más, desconozco siquiera, si nos damos tiempo de pensar. Debemos potenciar actitudes y comportamientos antes de tratar de legarlos.
Cuando circulamos por las calles de la ciudad de México, encontramos a niños y niñas en los cruceros haciendo malabares, limpiado parabrisas, vendiendo chicles o dulces; niños sucios, desnutridos y con caras tristes, que en lugar de jugar dedican su vida a trabajar, ¿se supone que el papel de un niño es ese? La respuesta es más que clara: NO, pues existen leyes que los protegen. La Convención sobre los Derechos de la Niñez, en su artículo 31, dice que un niño tiene derecho a descansar, jugar y participar en actividades culturales y recreativas, entonces ¿Qué pasa con dichas leyes? ¿Qué pasa con nosotros los adultos, guías y encargados de ver por el futuro de nuestros niños?
Claro, hay muchos adultos que hacen NADA, pues ignoran y pasan por alto lo que sus ojos ven. Como si fuera un hecho que no es real, un hecho producto de la imaginación, hacen visible lo que es más que visible: pederastía, explotación, marginación, violaciones, prostitución infantil, maltrato físico y psicológico… la lista sería interminable.
Los adultos cerramos los ojos y nos dedicamos a vivir una vida puramente egoísta y vacía, caminando y corriendo a nuestros trabajos, para poder alcanzar nuestras metas y sueños que ni siquiera son nuestros, sino son el producto de una sociedad manipuladora, que nos ha amaestrado para adquirir bienes y riquezas.
Pero eso si, nos quejamos de que vivimos en un México que no crece, en un México chingado y chingador, en un México en donde nadie dice nada y tampoco hace nada. Pero, cómo vamos a hacerlo, si nunca nos han enseñado. Y, cómo cambiará si ahora como adultos tampoco enseñamos a nuestros niños y niñas a hablar y actuar.
Esta bien, sigamos quejándonos y pensando en nosotros mismos, ocupándonos en “crecer” e incrementar nuestros bienes materiales, comprando, obsesionándonos por una vida ideal basada en “el cuánto tienes, cuánto vales” y haciéndonos los ciegos, sordos y mudos.
Vamos por buen camino, lo importante es pensar y preocuparnos por los nuevos impuestos, el alza de la gasolina, la tenencia, el coche nuevo que queremos comprar, el mundial y todas las trivialidades que nos distraen para ocultar lo que pasa a nuestro alrededor.
Los niños son el futuro de la sociedad, pero no la de allá, ni la de más allá, son de la nuestra. Ocupemos nuestros sentidos y tomemos el papel que nos corresponde, seamos guías, enseñemos, eduquemos y proporcionemos bases sólidas si queremos cambios en un futuro, comencemos con nuestros niños y niñas, que ellos y ellas lo harán con los suyos en su momento; prediquemos con las palabras y sobre todo con acciones. De lo contrario seguiremos como hasta ahora, quejándonos, rezagándonos, haciéndonos de la vista gorda y viviendo en el país del “nunca pasa nada”.
La solución va más allá de todo esto, podemos comenzar creando pequeños cambios en nosotros y nuestro alrededor, y quizás en un futuro los niños y las niñas se dediquen sólo a eso, a ser niños que jueguen, corran y sonrían.


