“Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen”: Monsi (1era. Parte)
Ernesto Reséndiz Oikión (07/julio/2010)
ero@frecuenciaalterna.com
Dedicado a Omar
In memoriam Carlos Monsiváis
Descubierto el mundo soslayado de quienes se entendían con una mirada.
Salvador Novo, La estatua de sal
Primera Parte
Escribo con el corazón tronchado de dolor (declaración cursi y sincera). Mientras gran parte de los mexicanos se enajenaba una vez más frente a las pantallas futboleras, pocos nos dimos cuenta de una pérdida irreparable. Algunos -los menos- entendimos que con la muerte de Carlos Monsiváis Aceves (1938-2010) el México de la segunda mitad del siglo XX terminaba en 2010, justo en el año del bicentenario y centenario, justo en el momento más frágil e incierto para los que vivimos en un país que ya no nos pertenece. Amor perdido (uno de los libros de Monsi).
Un país que ya no nos pertenece porque la élite política y la oligarquía económica se negó a participar en un régimen democrático, decidió que México sólo sería para ellos. Que la impunidad y el autoritarismo mandarían aquí. Y ahora un poder más fuerte -el de la delincuencia organizada- desafía y cimbra al sistema político mexicano. El asesinato del candidato del PRI al gobierno de Tamaulipas, Rodolfo Torre Cantú, es el ejemplo más claro de cómo la fuerza de la violencia impone un régimen de excepción en el territorio nacional. ¿Existe un Estado mexicano? Queda claro, al menos, que ya no vive el crítico más certero y contundente de la vida del país, su “conciencia crítica”: Carlos Monsiváis.
El sábado 19 de junio dormitaba en la cama, durante ese bochorno dulce de mediodía, cuando la noticia que venía de la radio de la cocina me levantó de golpe. Bajé las escaleras atropelladamente, no lo creía y sabía que era cierto, irrumpí en la cocina de mi abuela sólo para corroborar el vuelco del tiempo. Se me empañó la mirada. Mi abuela continuó imperturbable con la bendita labor de los alimentos, a ella el apellido de Monsiváis no le dice nada, aunque estoy seguro de que lo vio en algún momento en la tele o lo escuchó en la radio o se cruzó con él en la calle. La hipérbole es válida: todos los mexicanos conocieron a Monsi. Entonces, la voz de don Adolfo Castañón a través de las ondas electromagnéticas confirmó: “Monsiváis es el último escritor público de México.”
No recuerdo cuándo fue la primera vez que supe de este hombre, porque siempre supe de él, porque antes de conocer a Cervantes, Rulfo, García Márquez, Cortázar y Borges, la palabra “Monsiváis” ya habitaba en mí como una galaxia brillante. Ahora intuyo que mis padres debieron comentar muchas veces en las sobremesas las constantes y polémicas declaraciones de Monsi, de otra manera no me explico cómo Carlos Monsiváis se construyó en mí como una figura de autoridad.
Sí recuerdo vagamente la mañana en que comuniqué a mis padres un arrebato de gran soberbia. Íbamos en el vochito azul rumbo a la escuela, cuando, de pronto, exclamé engreído: “¡De grande quiero ser un intelectual como Carlos Monsiváis!”. ¡Qué iluso fui en ese momento! ¡Qué tonto! ¡Compararme con Monsi! Para mí sólo existía un intelectual en México y era él, y yo quería ser como él. (Confieso que ahora me río de mí, A ustedes les consta. Antología de la crónica en México).
La primera vez que vi a Monsi en persona fue en El Colegio de Michoacán. Durante dos semanas antes del evento Carlos Monsiváis fue el único tema de mis conversaciones. Mi hermana ya estaba harta de mi obsesión. En aquel momento escuché a Monsi con la admiración que tiene un niño por su héroe; sin embargo, mi rock starera un antihéroe: gordo, feo, chaparro y viejo; con el peinado como Einstein; unos lentes enormes y redondos; un discurso tan complicado, fascinante y seductor como la sintaxis de Cantinflas; una actitud irreverente y hasta mamona; y la chispa de la inteligencia en sus ojos. Entonces Monsiváis hizo una revelación que no entendí en todas sus dimensiones hasta tiempo después: Sara García, la abuelita de México, la viejita de la películas de los domingos, fue lesbiana.
La última vez que vi a Monsi en persona fue en la Feria del Libro del Zócalo. Entonces me llevé el único ejemplar de él que tenía a la mano: Lo fugitivo permanece. 21 cuentos mexicanos. Título que retoma de una de la máximas de don Francisco de Quevedo: “… lo fugitivo permanece y dura”. Monsiváis permanece y dura como el mejor Quevedo: genial, ingenioso, cáustico, lapidario, solitario, tierno y frágil. Su antología de cuentos de 1934 a 1984 acierta en casi toda la selección, excepto en la inclusión de Héctor Aguilar Camín. El tiempo me dará la razón de que para la literatura mexicana Aguilar Camín sólo representa un autor menor de derecha.
Cuando Monsi terminó su conferencia en el Zócalo una pequeña multitud lo rodeó, se trataba de gente muy pobre, que quizá nunca lo habían leído, que tal vez no tenía un libro suyo, pero que sí sabía quién era él, lo reconocía y lo conocía bien, porque para ellos Monsiváis representaba la voz que los defendía, él era la última palabra de su dignidad. El escritor firmó cuadernos deshojados y sucios, me dedicó su antología y rápidamente se escabulló de nosotros y se fue en un taxi, que pronto se perdió por las calles del centro histórico.
Los de ese fin de semana fueron Días de guardar (el primero de los títulos de Monsi), porque apenas el viernes pasado recibíamos la noticia del fallecimiento de José Saramago, Premio Nobel de literatura portugués, que amó tanto a México. Se dice que la parca siempre se lleva a tres muertos. Esos días la calaca se llevó a tres grandes: el filósofo Bolívar Echeverría, Saramago y Monsi. Y nos dejó en la orfandad.
El domingo 20 de junio desperté con la noticia de que el homenaje de cuerpo presente sería en el Palacio de Bellas Artes, privilegio reservado sólo a las auténticas leyendas de la cultura mexicana. Desayuné y me alisté para despedirme del hombre a quien siempre admiré. Ese domingo la ciudad despertaba fría, silenciosa y gris. La ciudad de mis amores amanecía triste porque había perdido al último de sus más grandes cronistas.



Leo, coincido en algunas cosas fundamentales en otras no, me parece sin duda que se va un grande, el hecho de ser el último escritor que podía ser reconocido en la calle, habla de una construcción que llevará mucho tiempo volver a levantar entre quienes hacen de la pluma una voz caudalosa.
No compartor esta impresión de que Don Carlos haya sido precisamente la “conciencia crítica de México” como muchos le han llamado. Siempre que se va alguien, corren este tipo de exageraciones y omisiones. Tú mismo ya lo acabas de decir, Monsivais fue sin duda uno de los impulsores de Aguilar Camín, incluso fue en casa de Monsivais que este señor Héctor conoció a Angeles Mastretta, su esposa.
Recuerdo un episodio (que puede verse en Youtube) donde María Félix acude de visita a Los Pinos para visitar al expresidente Salinas, un episodio, sí, de 24 Horas con Zabludovsky, el interlocutor (y testigo del episodio) entre el señor Salinas y la señora María Félix, Carlos Monsivais. Él estuvo al lado de los hombres de poder, qué intelectual no lo ha estado, qué hombre de poder no aspira a rodearse de aquellos que piensan claro y en lo alto. Y vaya ¿qué le queda a alguien así como Monsivais? ¿aceptar la silla derecha o izquierda y listo? Pero ese lugar de la silla al lado del poder, esas palabras convirtiéndose en poder son las que nunca vamos a conocer de Monsivais, porque él hablaba con el pueblo, en sus columnas, en su libro, en Televisa, en la calle. Pero también interactuó con el poder, desde muy joven y me parece que hay momentos claves como el 68 y la década posterior, el salinismo, etc., de los que no sabremos nunca nada. Y estamos hoy aquí, en una estructura que se desgarra cada vez más para enseñarnos la oscuridad por debajo y por encima de nosotros ¿y dónde estuvo el héroe mientras todos los hilos se corrían?