Diferente = Diferente
Maggie Fernández (02/abril/2010)
lajanis@frecuenciaalterna.com
Don Gilberto Rincón Gallardo dijo una vez: “Ser diferente no significa ser inferior y sin embargo con inquietante frecuencia, personas de diferentes épocas, latitudes y culturas han creído lo contario y actuado en consecuencia, abriendo el camino a la discriminación, el hostigamiento, la persecución e incluso el exterminio”.
Estas palabras ciertamente nos hablan de una realidad que se vive a diario; sin embargo nos rehusamos a aceptar que alguna vez hemos discriminado en mayor o menor grado. Creemos ser ajenos a dichos comportamientos, pues la discriminación ha pasado a ser un acto normal, cotidiano e invisible. Y para “hacer visible lo invisible” los invito a reflexionar con un cuento del novelista, ensayista y semiólogo Umberto Eco:
Los Tres Cosmonautas
I. HABÍA UNA VEZ EN LA TIERRA. Y había una vez en Marte. Estaban muy lejos el uno del otro, en medio del cielo, y alrededor había millones de planetas y galaxias. Los hombres que habitaban en la Tierra querían llegar a Marte y a los otros planteas, ¡pero estaban tan lejos!
De todos modos se pusieron a trabajar. Primero lanzaron satélites que giraban dos días alrededor de la Tierra y luego regresaban.
Después lanzaron cohetes que daban vueltas alrededor de la Tierra, pero en vez de regresar, al final huían de la acción terrestre y partían hacia el espacio infinito.
Al principio en los cohetes pusieron perros, pero los perros no sabían hablar, y a través de la radio transmitían sólo “gua-guau” y los hombres no podían entender qué habían visto, ni a donde habían llegado, al final encontraron hombres valientes, que quisieron ser cosmonautas.
El cosmonauta se llamaba así porque partía para explorar el cosmos, es decir, el espacio infinito, con los planteas, las galaxias y todo lo que nos rodea. Los cosmonautas al partir ignoraban si podrían regresar.
Querían conquistar las estrellas, para que un día todos pudiesen viajar de un planeta a otro, porque la Tierra se había vuelto demasiado estrecha y los hombres crecían de día en día.
Un buen día, partieron de la Tierra desde tres puntos distintos, tres cohetes. En el primero iba un norteamericano, que silbaba muy alegre una tonada de jazz. En el segundo iba un ruso, que cantaba con una voz profunda “Volga, Volga”. En el tercero iba un negro que sonreía feliz, con dientes muy blancos en su cara negra. En efecto, por aquellos tiempos los habitantes del África, finalmente libres, se habían demostrado tan hábiles como los blancos para construir ciudades, máquinas y –naturalmente- cosmonautas. Los tres querían llegar primero a Marte para demostrar quién era el mejor.
El norteamericano no quería al ruso y el ruso no quería al norteamericano y todo porque el norteamericano para decir buen día decía “how are you doing” y el ruso decía “dobroe utro”. Por eso no se comprendían y se creían distintos.
Además, tampoco querían al negro porque tenía un color diferente. Por eso no se comprendían. Como los tres eran muy valientes, llegaron a Marte casi al mismo tiempo.
II. LLEGÓ LA NOCHE. Había en torno a ellos un extraño silencio, y la Tierra brillaba en el cielo como si fuese una estrella lejana.
Los cosmonautas se sentían tristes y perdidos, y el norteamericano en la oscuridad llamó a la mamá. Dijo “Mamie” […] Y el ruso dijo: “Mama” […] Y el negro dijo: “Ma”.
Pero enseguida comprendieron que estaban diciendo lo mismo y que tenían los mismos sentimientos. Fue así que se sonrieron, se acercaron, juntos encendieron un buen fueguito, y cada uno cantó canciones de su país. Entonces se armaron de coraje y mientras esperaban el amanecer aprendieron a conocerse.
Por fin se hizo el día, hacía mucho frío. De repente, de un grupito de árboles salió un marciano. ¡Era realmente horrible verlo! Era todo verde, tenia dos antenas en lugar de orejas, una trompa y seis brazos. Los miró y dijo: ¡GRRR! En su idioma eso quería decir: “¡Madre mía! ¡¿Quiénes son esos seres tan horribles?!” Pero los terrestres no lo comprendían y creyeron que su grito era un rugido de guerra. Fue así como decidieron matarlo con sus desintegradores atómicos.
III. PERO DE PRONTO. En medio del enorme frío del amanecer, un pajarito marciano, que evidentemente se había escapado del nido, cayó al suelo temblando de frío y miedo. Piaba desesperado, más o menos como un pajarito terrestre. Daba realmente pena.
El norteamericano, el ruso y el negro lo miraron y no pudieron contener una lágrima de compasión. En ese momento sucedió algo extraño. También el marciano se acercó al pajarito, lo miró y dejó escapar dos hebras de humo de la trompa.
Y los terrestres, de golpe, comprendieron que el marciano estaba llorando. A su modo, como lloran los marcianos. Después vieron que se inclinaba sobre el pajarito y lo alzaba entre sus seis brazos tratando de darle calor.
El negro, que en otros tiempos había sido perseguido porque tenía negra la piel y por eso mismo sabía como eran las cosas, dijo a sus amigos terrestres: -“¿Se dieron cuenta? Creíamos que este monstruo era distinto de nosotros, pero también él ama a los animales, sabe conmoverse, tiene un corazón y sin duda, un cerebro, ¿creen todavía que hay que matarlo?” No era necesario hacerse semejante pregunta.
Los terrestres habían aprendido la lección: que dos personas sean diferentes no quiere decir que deban ser enemigas. Por lo tanto, se acercaron al marciano y le tendieron la mano.
Y él, que tenía seis, le dio la mano a los tres al mismo tiempo, mientras que con las que quedaban libres hacia gestos de saludo. Y señalando la Tierra, distante en el cielo, hizo entender por señas que desearía viajar allá, para conocer a los otros habitantes y estudiar con ellos la forma de fundar una república espacial en la que todos se amaran y estuvieran de acuerdo.
Los terrestres dijeron que sí y para festejar el acontecimiento le ofrecieron un cigarrillo. El marciano, muy contento, se lo introdujo en la nariz y empezó a fumar.
Pero ya los terrestres no se escandalizaban más. Habían entendido que, tanto en la Tierra como en los otros planetas cada uno tiene sus propias costumbres, pero que sólo es cuestión de comprenderse los unos a los otros.


