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15 enero, 2012 – 2:58 PM | Sin comentarios

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Discriminación y lesbofobia

Escrito por el 9 agosto, 2010 – 6:00 AMUn Comentario
Discriminación y lesbofobia

Nadia Rosso (09/agosto/2010)
nadia@frecuenciaalterna.com

¿Qué es la discriminación? Es una palabra que hoy se usa tanto que tal vez ya no le encontremos sentido. Estrictamente, discriminar significa hacer distinciones. La forma en la que esta palabra se usa en términos jurídicos, es cualquier acto que tenga como finalidad excluir, vejar o menoscabar los derechos humanos de cualquier persona o grupo, basándose en distinciones que pueden ser de todo tipo: por raza, género, edad, condición social, etcétera.

Pero la discriminación más cotidiana, la que se vive día a día, es también cuando alguien degrada, lastima, maltrata, humilla o restringe a cualquier otra persona por motivo de sus diferencias.

Esta discriminación negativa la han sufrido miles de personas en lo individual (en la escuela, los niños que usan lentes, que son morenos, chaparritos…) o en lo colectivo (mujeres, indígenas, afroamericanos, homosexuales…)

Una de las formas de marcar las diferencias ha sido basándose en la orientación sexual de las personas, es decir, hacia quién está enfocado el afecto y la sexualidad de cada individuo. Comúnmente ha sido la homosexualidad, es decir, la atracción afectiva y erótica por personas del mismo sexo, la que se ha marcado negativamente en varias sociedades. La discriminación por motivo de la orientación sexual no ha sido siempre igual, ni de la misma intensidad en las distintas culturas y épocas. Existen culturas que han respetado e incluso honrado la homosexualidad, así como culturas que la condenan de la manera más estricta en su sistema moral.

La discriminación, el rechazo, miedo y odio hacia los homosexuales se ha denominado homofobia. La discriminación hacia las lesbianas se llama lesbofobia. Tal vez se preguntarán porqué tiene un nombre distinto, si las lesbianas también son homosexuales.

Para empezar, recordemos de dónde viene el nombre “lesbiana”. Como probablemente sepan, en una isla griega llamada Lesbos, vivió una poeta extraordinaria llamada Safo, a quien Platón llamó la Décima Musa. Lo que aún se conserva de sus poemas, muestra un apasionado amor entre mujeres, lo cual hizo que muchos de sus estudiosos dijeran que a la misma Safo le gustaban las mujeres. Algunos otros lo negaban, y decían que sólo hablaba de un amor fraternal. Fuere cual fuere la verdad, lo cierto es que el nombre ha trascendido hasta nuestros días y se sigue utilizando para nombrar a las mujeres homosexuales.

¿Por qué la lesbofobia no es lo mismo que la homofobia? Aquí está el meollo.  A lo largo de los siglos, las mujeres hemos sido víctimas de la discriminación por motivo del sexo. Se llama sexismo, y se manifiesta desde lo individual (cuando un grupo de amigos elige a un niño antes que a una niña para su equipo de básquetbol, o cuando el jefe le paga más a su empleado que a la empleada que hace exactamente el mismo trabajo), hasta a nivel institucional, como demuestran las cifras, las mujeres tenemos menos probabilidad de acceder a la educación que los hombres, o tenemos mucho menos posibilidad de acceder a cargos públicos). También hemos sido víctimas  del odio por motivo del sexo: la misoginia (esta se manifiesta desde la violencia que encarna el acoso sexual hacia las mujeres en el transporte público, pasando por la violencia en la pareja, y llegando hasta los límites más graves, el asesinato de mujeres: el feminicidio).

Si juntamos estos elementos que tienen que ver con el género, con la discriminación por ser homosexuales, entonces tenemos dos tipos de discriminación que operan al mismo tiempo sobre las lesbianas. Esta conjunción de discriminaciones es la lesbofobia.

Es distinta a la discriminación que sufren las mujeres heterosexuales y a la que sufren los hombres homosexuales, pues es la suma de ambas, y se manifiesta de distintas maneras.

Al igual que otros tipos de discriminación, la lesbofobia se basa en prejuicios, estereotipos y creencias aprendidas social y culturalmente, que no tienen fundamento real ni elementos racionales. Es común que las personas piensen, por ejemplo, que las lesbianas quieren ser hombres, que no les gusta arreglarse, que son muy agresivas y enojonas, que son buenas para la mecánica o la plomería. Cuando no tenemos referencias para algo que no conocemos, queremos atribuirle algo que sí es conocido por nosotros, es nuestro mecanismo para intentar entender todo lo que nos rodea. Si no conocemos ninguna lesbiana, nos queda pensar que son como nos muestra la televisión, como nos contó un amigo, o como debería ser alguien a quien le gustan las mujeres (y nos han enseñado que sólo a los hombres les gustan las mujeres). Normalmente efectuamos este procedimiento de analogía, y entonces comenzamos a atribuirle elementos que pensamos que debería tener un hombre.

Pero los prejuicios, estereotipos y creencias no son estáticos, y cambian constantemente a medida que aprendemos y tenemos más experiencias.

Este cambio notable sucede cuando esa persona conoce en realidad a una mujer lesbiana y se da cuenta de que todos los prejuicios, mitos e historias que tenía al respecto no necesariamente son verdad. Y se da cuenta de que a una mujer lesbiana puede que le guste el futbol o no, puede que use cabello corto o no, puede que le guste cocinar o no, puede que sea enojona o no. Igual que a una mujer heterosexual, puede que le guste el futbol o no, puede que use cabello corto o no, puede que le guste cocinar o no, puede que sea enojona o no.

Es cuando existe una apertura a conocer aquello que se desconocía, cuando el temor comienza a desvanecerse, y ese otro se comienza a ver como alguien semejante a uno mismo. Entonces empiezo a darme cuenta de que no somos tan diferentes, y las diferencias que tenemos no son motivo de amenaza.

El temor a lo desconocido siempre ha hecho que los grupos de seres humanos inventen mitos, atribuyan características y construyan una realidad ficticia sobre aquéllos queienes desconocen.

Los europeos, por ejemplo, al llegar a tierras americanas y descubrir seres humanos que eren distintos a ellos, no sólo en sus rasgos y color de piel, sino en sus costumbres, religión y hasta en el lenguaje, estaban tan sorprendidos, que construyeron todo un mito acerca de quienes llamaban los naturales o indios. Cuando leemos las crónicas y relatos de la época de la conquista, nos damos cuenta de que los indios eran para ellos seres sobrenaturales, extraordinarios o demoníacos. Algo semejante pasó a los indígenas al ver a los españoles, a quienes atribuyeron a veces hasta elementos divinos por lo extraño de su apariencia, su indumentaria, y los instrumentos que portaban.

Este es sólo un ejemplo, pero la historia de la humanidad está llena de estos encuentros entre seres humanos distintos, ya sea en la raza, la cultura, la religión, el idioma, el sexo, la orientación sexual… y siempre existe un grupo que quiere legitimarse a sí mismo, situarse como el superior para conservar u obtener el poder, y para ello le es necesario marcar las diferencias del otro para hacerlo inferior. Esa es justamente, la base de la discriminación. Usar las diferencias para jerarquizar: yo tengo ojos claros, y eso es bueno, tú tienes los ojos negros y eso es malo. Yo creo en Jesucristo y eso es bueno, tú no crees en dios y eso es malo. Yo soy heterosexual y eso es bueno, tú eres homosexual y eso es malo. Y podríamos seguir durante un largo rato describiendo cómo se usan estas diferencias para degradar.

Pero mejor, podemos seguir esta plática, diciendo que la diversidad es inherente no sólo a los seres humanos. ¿Por qué será que cuando hablamos de biodiversidad  –es decir, de la diversidad de especies de seres vivos en el planeta- sabemos que es algo bueno, algo que hay que cuidar y conservar, pero cuando hablamos de diversidad humana, es decir, diversidad cultural, étnica y especialmente, diversidad sexual, la gente se asusta tanto?

Estamos avanzando paso a paso, en camino a aceptar nuestras diferencias como algo enriquecedor y no amenazante.  Pero, antes de pensar en la discriminación institucional, en los grandes matanzas en nombre de la religión (las cruzadas), la razas (el apartheid, el nazismo), el sexo (la quema de mujeres en la inquisición, el feminicidio), la orientación sexual (los homosexuales han sido perseguidos desde la inquisición, en la época nazi, n la época moderna con las razzias en bares de homosexuales, y la penalización de la homosexualidad con pena de muerte en más de países del mundo hoy en día), antes de reclamar al gobierno o a los grupos conservadores porque ejercen la discriminación en todas sus formas, lo más esencial es que nosotras y nosotros mismos tengamos conciencia de los hechos. Nacimos en esta cultura que nos enseña a temer o rechazar lo que es distinto a nosotros… ¿nos damos cuenta de ello? Todas y todos somos potenciales discriminadores. No solo debo preguntarme ¿Cómo me discriminan? Lo que debo preguntarme día a día es  ¿Yo cómo discrimino? Ser conscientes de ello ya nos coloca un paso adelante en el camino de ser personas que respetan y se enriquecen de las diferencias, y al mismo tiempo también ser personas que estemos más a gusto con quienes somos con nuestras propias diferencias.

La diversidad es esencial en el mundo, siempre ha estado ahí y siempre ha contribuido a hacerlo más rico, más interesante, más dinámico. Sólo necesitamos dejar de sentirnos amenazados por las diferencias y darnos cuenta de que nos enriquecen, y así podremos simplemente celebrarlas.

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Laura Camila dice:

Wow! te felicito excelente escrito me gustó bastante.
Ese ejemplo de la biodiversidad y la diversidad humana me llegó y me puso a pensar en la importancia de que todos seamos diferentes.
Gracias por este gran escrito.