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15 enero, 2012 – 2:58 PM | Sin comentarios

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La construcción social de la heterosexualidad y la homosexualidad

Escrito por el 19 abril, 2010 – 6:00 AMUn Comentario
La construcción social de la heterosexualidad y la homosexualidad

Mikel Jiménez
psicologo@frecuenciaalterna.com

Basado en el texto de Ana Amuchástegui Herrera, La construcción
social de la heterosexualidad y la homosexualidad: elementos para
una reflexión política.

¿Qué podría ser más natural que nuestra sexualidad? ¿No es ella la expresión directa de nuestra biología sexual? Y por lo tanto, ¿no es cierto que el sexo de la pareja y el tipo de prácticas que llevamos a cabo están determinados por ese deseo natural que requiere de la diferencia sexual para que se dé la reproducción? Hasta hace poco, estas preguntas eran irrelevantes, pues la sexualidad ha sido considerada como nuestra esencia, como nuestra naturaleza más profunda.

Sin embargo, hace ya más de dos décadas que estos cuestionamientos han surgido tanto en ámbitos académicos como políticos. Estudiosos de la sexualidad a través de la historia y en diversas culturas han argumentado, apoyados en datos de campo y documentales, que lo que definimos como ‘sexualidad’ es en realidad un concepto específico que se fue gestando en la cultura europea durante el siglo XVIII, y que ha visto su culminación con los discursos científicos de la medicina, la sexología y la psiquiatría del siglo XX. Este proceso de construcción de la sexualidad ha permitido, a decir de Foucault, una mayor sofisticación y precisión en el ejercicio del poder, a través de invitar a la autovigilancia y autodisciplina que propiciaron, primero, la práctica de la confesión católica y, después, la patologización del deseo y la práctica homosexual.

Si la prueba del tiempo no fuera suficiente para demostrar la especificidad histórica del concepto de sexualidad, existen abundantes evidencias antropológicas en cuanto a la diversidad de significados y valores que las culturas atribuyen a diferentes prácticas sexuales, de modo que lo que el mundo occidental denomina como ‘sexualidad’ no necesariamente ha existido ni existe como tal en otras latitudes.

Por ejemplo, nuestra historia cultural no sigue los mismos caminos que la europea o la estadounidense, de modo que es necesario precisar, a través de la investigación, cuál ha sido el proceso de construcción de discursos dominantes sobre sexualidad en México. Por ejemplo, Gruzinski (1987) afirma que el concepto de sexualidad no existía en la cultura antigua náhuatl y que es un artificio que el historiador tiene que usar con suma precaución para denominar una serie de actos y procesos que ahora llamamos sexuales, si no quiere imponer una categoría moderna a culturas de otros tiempos.

En todo caso, y a diferencia de los países católicos, en las culturas mesoamericanas el erotismo y el deseo sexuales no eran considerados como pecados, sino como una consolación que los dioses otorgaban a las personas para compensar sus sufrimientos en este mundo. Sin embargo, como la energía sexual era útil en ceremonias religiosas y otros actos públicos, se recomendaba enfáticamente a los sacerdotes y miembros de la clase gobernante la mesura en su expresión (López Austin, 1989). De modo que la regulación de los actos sexuales era más bien una cuestión estética que moral, e implicaba siempre consideraciones de clase. La investigación podría dilucidar si existen, en nuestra cultura sexual actual, ecos de estas construcciones y significados.

Como este ejemplo puede ilustrar, la cultura mexicana no adoptó la cultura occidental sin transformarla. Sus diferencias con ella surgen seguramente de la presencia continua y fructífera de las culturas indígenas y de las formas en que interactuaron con la Contrareforma española durante la Colonia. Además, el mestizaje y la secularización de la cultura mexicana desde el siglo XIX han transformado de maneras peculiares nuestras formas de construir la sexualidad.

Ante estas consideraciones, lo que consideramos la evidencia más contundente de nuestra pertenencia a la naturaleza es, en realidad, profundamente moldeado por fuerzas sociales. Lejos de ser el elemento más natural de la vida social, lo que llamamos sexualidad es tal vez nuestro componente más susceptible de organización, pues solamente existe a través de sus formas de expresión social. Weeks (1986) afirma que:

…lo que definimos como ‘sexualidad’ es una construcción histórica que reúne una serie de posibilidades biológicas y mentales – identidad de género, diferencias corporales, capacidades reproductivas, necesidades, deseos y fantasías que no necesariamente se encuentran ligadas, y que en otras culturas no lo han estado. (Weeks 1986:15*)

Por tanto, hoy en día la sexualidad es un campo de batalla donde diferentes aproximaciones combaten y se enfrentan para lograr la hegemonía.

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