La pesquisa de los Erastos
Ernesto Reséndiz Oikión (21/mayo/2010)
ero@frecuenciaalterna.com
Dedicado a mi padre.
En esta Semana Santa en Zamora, como ocurre desde hace algunos años, entré al laberinto de mi papá. Una de las primeras sorpresas que tuve fue las Obras completas, de Antonieta Rivas Mercado, la mecenas de los pintores y escritores al terminar la Revolución, precursora del feminismo en el país, escritora y la mujer que se suicidó por el amor no correspondido de José Vasconcelos en Notre-Dame. Mi interés hacia ella aumentó porque en el estudio preliminar de la obra, Luis Mario Schneider señala que el primer amor de Antonieta fue Manuel Rodríguez Lozano, pintor homosexual, del que nunca había escuchado nada.
Cuando mi papá llegó a comer le conté de mi hallazgo, él no se impresionó y me dijo que en ese momento estaba leyendo A la sombra del ángel, novela de Kathryn Blair, la esposa del único hijo de Antonieta. La novela viene ilustrada con varias fotografías y pinturas, me interesó un dibujo de Antonieta con su hijo Donald Antonio en brazos. Ante la coincidencia de la lectura de mi padre y mi descubrimiento, se me antojó leer las 87 cartas de amor de ella a Rodríguez Lozano.
Al día siguiente, todavía con la curiosidad del gato y la obsesión del ratón de biblioteca metidas en el cuerpo, volví a entrar al laberinto, con el pretexto de buscar el libro sobre cabras que mi papá me había encargado. En otro rincón, de nuevo, un delgado título brilló: Memorias, de Angelina Beloff. El nombre de ella me sonaba, saqué el libro y me di cuenta que Angelina fue la primera esposa de Diego Rivera. Hojeando las imágenes supe que Angelina era la autora del retrato de Antonieta y Donald Antonio, pero el hallazgo más feliz fue ver a Erasto Cortés Juárez mirándome desde una fotografía. “Él es el padre de mi maestro de cuento”, le dije a mi papá en la comida, como siempre, esta vez tampoco mostró interés y me recordó con celo que sus pertenencias son sólo suyas y que no me las lleve. Lo desobedecí y me las traje a la ciudad. Me fui allá con una maleta medio vacía y regresé aquí con tres llenas. Caracol que carga su biblioteca a cuestas en el metro.
Angelina comienza sus memorias con una frase que me gusta: “Escribo por escribir, simplemente para recordar, sin ningún plan preconcebido”. Hoy me llevé las memorias de la Beloff a la facultad, pensé que mi maestro ya debía conocerlas. Jaime Erasto Cortés siempre nos habla de su familia, advirtió desde el primer día: “Para que vean que también soy un ser humano que respira”. Un día nos mostró reproducciones de algunos grabados de su papá Erasto Cortés, pintor poblano; otras veces nos platica de su hijo Alonso Cortés, músico, que fue baterista de La Forquetina, de Natalia Lafourcade; y en otros momentos nos cuenta de su nieto, pequeño poeta en ciernes. Abuelo, padre, hijo y nieto.
Las clases de mi profe me divierten mucho, me boto de la risa constantemente. Antes de mostrarle el libro miré al padre en la foto y después al hijo en el salón. El parecido es notable. Dos espejos. Y los refranes, en esto, son sabios: “De tal palo, tal astilla” e “hijo de tigre, pintito”, porque “quien lo hereda no lo hurta”. Lo que más me llamó la atención fue que el padre mira a la cámara estando en la posición de descanso, que uno hace después de firmes, y ésta es la misma postura que el hijo tiene a veces. Uno copia muchas cosas de sus padres sin darse cuenta, a veces he adivinado gestos, reacciones o manías en mí, que son locuras de mis progenitores. Las herencias no se hurtan.
Con sus lentes redondos, su corbata de moño y su paliacate guardado en el saco, Jaime Erasto se entusiasmó mucho al ver a Erasto, acompañado de Isidoro Ocampo, Pedro Castelar, Vita Castro, Angelina Beloff, Manuel Echauri, Fernando Castro Pacheco, Ángel Zamarripa y más personas desconocidas que permanecen en el olvido. “¿En dónde lo consiguió?”, me preguntó. Le conté que la pequeña joya la heredé/hurté del laberinto. “¿A qué se dedica su papá?”. Es veterinario. “Ven, un veterinario, alguien que no trabaja en lo nuestro, también se interesa por los libros”, sentenció.
“He comenzado la recuperación de mi papá tarde, muchas cosas las he hecho con retraso, siempre tarde”, nos confesó mi maestro y nos recomendó arreglar las cosas con los nuestros, antes de que sea demasiado tarde. Recordó la búsqueda del padre en Pedro Páramo y me acordé de Edipo buscando y matando a su padre, y de Luke Skywalker buscando y matando al suyo. Y, sobre todo, me acordé de mi papá ahora que está enfermo y pensé que le diré que lo quiero cuando lo vea. A veces me cuesta mucho trabajo decir lo que siento.
Al terminar la clase, Jaime Erasto me pidió una copia, le comenté que había pensado buscar la obra en las librerías de viejo. Las memorias de Angelina fueron publicadas por la UNAM y la SEP, con motivo del centenario de Diego Rivera, en 1986. Con tiempo libre, pensé que de una vez iba a la librería Jaime García Terrés en CU. “La deben tener en la Casa de las Humanidades”, me dijeron allí. Recordé vagamente que hace unos años fui con mi mamá allá para la presentación de su libro. “Queda en Presidente Carranza, en el centro de Coyoacán”.
Saliendo de la universidad escuché entre los puestos de comida a un hombre que repetía a gritos: “¡Cuidado con el narco, cuidado con el narco!”. Me di la vuelta y vi que cuatro policías en motocicleta andaban al acecho. Me asusté y caminé rumbo a metro Copilco. Los polis pasaron a mi lado en sus motos y más adelante detuvieron a tres chavos. A uno de ellos lo pusieron contra el muro que divide a la ciudad universitaria con la otra ciudad. Asustado, no me detuve y pasé de largo.
Me bajé en la estación Coyoacán. Siempre que salgo en esta urbe sé a qué lugar me dirijo, pero hoy sólo me movía con pocas pistas. Pasé por el Starbucks del Centro Coyoacán, recordé el café con uno de los amores de mi vida. Me fui internando, el sol mañanero alegraba el camino. Y anduve por Josefa Ortiz de Domínguez, Madrid, Madero y Londres sin saber cómo llegaría a Presidente Carranza. De repente, me encontré con un letrero azul que señalaba la dirección hacia el Museo Frida Kahlo. No es la Casa de las Humanidades, pero en la Casa Azul algo sabrán, pensé. La tercera esposa de Diego me tendría que llevar a la primera.
Llegué a la casa de Frida, una pareja de gringos salían. En la entrada se indicaban los precios de los boletos: veinte, cincuenta, cien, hasta doscientos pesos. “Es muy caro para los mexicanos”, escuché que decía un comerciante. En el módulo de información una chava me señalaba con las manos un lugar impreciso: “Sobre Allende te vas tres calles y de allí dos a la izquierda”. Pasé por el mercado, hice lo que me dijo, pero al llegar no era Presidente Carranza.
Después de preguntarle a una mesera de un café y a una trabajadora de una lavandería comencé a desesperarme. Seguía sus indicaciones y no llegaba. Estaba perdido. En una plaza decidí preguntarle a una policía. Ella no sabía, pero su pareja me corrigió categórico: “No existe ningún Presidente Carranza, se llama Venustiano Carranza. Es la siguiente”. Agradecí al policía corrector. Todavía caminé una calle más hasta dar con la mentada Venustiano Carranza.
Y a pocos pasos me encontré en la Casa de las Humanidades. Entré a la librería vacía, no había nadie en el mostrador. “Buenos días”, dije en voz alta. De una sala salió una mujer. No había terminado de preguntarle por la obra cuando ella me dijo decidida: “No la tenemos”. La miré insistente. “Bueno, déjame revisar”. Entonces admitió: “Sí la tenemos”. Me puse contento cuando me la mostró. Vi el precio. “¿Hacen descuento con credencial, verdad?”. “La mitad”, respondió cortante. Le di la credencial. “Para la siguiente vez tiene que estar resellada”, me regañó. Pagué y salí contento con la nueva edición de la memorias.
Caminé por Venustiano Carranza hasta que, de pronto, se convirtió en Presidente Carranza. Las calles de esta ciudad cambian de nombres, se retuercen y se esconden como si fuera un laberinto. La arquitectura de Coyoacán se parece a la de los pueblos michoacanos, sus calles son estrechas y hay árboles (en el norte, por donde vivo, no hay ninguno), quizá por eso, cuando ando de cita por allí me gusta perderme un rato. Después de caminar un largo trecho llegué a la calle Salvador Novo, en la esquina miré la casona que perteneció a él o, mejor dicho, lo que queda de ella: un lote en venta. Más adelante está la mansión de Dolores del Río. Recordé el beso que me di en esa calle, en una noche mientras chispeaba. Salí hacia Miguel Ángel de Quevedo. Se había nublado el cielo. Cuando me metí al metro comenzaba a chispear.


