“Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen”: Monsi (2a. Parte)
Ernesto Reséndiz Oikión
ero@frecuenciaalterna.com
Escribo estas líneas mientras viajo a Sonora. Todo viaje es un recorrido de la memoria. Y recorro y me recuerdo ese domingo 20 de junio en el trolebús, tratando de organizar inútilmente mis pensamientos. Cuando me bajé en Bellas Artes lo primero que hice fue comprar el periódico. Todos los diarios traían la noticia.
Entré por la puerta lateral izquierda, la única abierta del recinto. A Bellas Artes el pueblo tuvo Entrada libre. Crónicas de la sociedad que se organiza (otro de sus títulos) para darle el último adiós a Monsiváis. El Palacio hacía eco de los aplausos, multiplicándolos en un gran sonoro reconocimiento. Como pude me fui abriendo paso entre la gente, me di cuenta que había una valla que dividía a la élite de “los invitados especiales” del resto de nosotros, los mortales. A mi lado pasó el poeta Eduardo Lizalde –viejo el Tigre- para ingresar al espacio inmaculado y frío de la élite.
Mientras, en el lado de la mayoría, nuestros cuerpos se rozaban promiscuamente. Monsiváis, devoto de las masas, habría comprobado que su funeral se había convertido en una serie de vagones del metro retacados de gente sobre gente en hora pico, en la última hora. Seguramente, Carlos habría sonreído y contado un chiste.
Una señora seguía con un murmullo de sus labios la letra de “Amor perdido”, que tocaban los mariachis. La atmósfera era densa y tensa. Mucho dolor contenido en el aire. Alcancé a ver a mi amigo Horacio, pero no pude saludarlo, una barrera de personas nos separaba.
Por pura ley de la inercia llegué hasta las escalinatas de la entrada central del Palacio. Allí estaba el féretro de Carlos Monsiváis, arropado con tres estandartes: el lábaro patrio, la insignia de la UNAM –nuestra alma mater- y la bandera arcoíris. Una fotografía enorme de Carlos con uno de sus gatos presidía el espacio repleto de arreglos florales. En ese momento, el chelista Calos Prieto y la crítica de arte Teresa del Conde montaban una guardia de honor. Un desencajado Enrique Krause –el historiador- abrazaba a Elena Poniatowska. Pude ver a Enrique Díez-Canedo. Director del Fondo de Cultura Económica (FCE), y a Consuelo Sáizar, presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA).
Las personas presentes comenzaron a impacientarse ante las guardias solemnes de ilustres personajes. Se escucharon varios gritos: “¡Monsi es del pueblo!” “¡Déjennos pasar!”. Al ver que los chilangos llegaban por centenares para despedirse, los groseros elementos de seguridad tuvieron que organizar guardias más frecuentes, y, por último, permitieron que una enorme fila de ancianos, mujeres, jóvenes, niños y hombres cansados y tristes comenzara a circular alrededor del féretro.
Empezaba una peregrinación en torno al último santo laico, que aborreció el dogmatismo de las religiones, siempre denunció los excesos de las iglesias, pero también preservó la libertad de culto. La primera lectura de Monsiváis fue la Biblia, portento literario que siempre admiró. Monsi, a su manera, fue el evangelizador que llevó la buena nueva de la democracia, el formador de nuestras conciencias como ciudadanos; por eso escribió su Nuevo catecismo para indios remisos.
En medio de la multitud romera vi que mi amigo Nicolás abrazaba conmovedoramente a mi otro amigo, Omar García Cervantes, durante unos eternos cinco minutos. Ese abrazo se fundió en mi memoria como una estatua de sal.
¿Y quién es Omar? Me indigna y molesta la homofobia de todos los medios de comunicación mexicanos que borraron a Omar por decreto de las buenas costumbres. Omar –hay que decirlo fuerte y claro- es el hombre que amó a y fue amado por Carlos Monsiváis. Todos los periódicos y televisoras decidieron ignorar a Omar, que estuvo montando guardia atrás del nefasto Secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio.
La Jornada, el diario que Monsiváis ayudó a fundar, mostró una moral terrible cuando al día siguiente con un eufemismo habló de Omar como el “compañero de Monsiváis”. ¿Compañero de qué? ¿De las luchas que Monsi emprendió? No. Omar García Cervantes es el amor de vida de Monsi. Compañero en el amor y la enfermedad. Si la sociedad mexicana no puede asumir como gente adulta la existencia de los homosexuales, me temo que la democracia nunca existirá aquí y continuará el imperio de la violencia que hoy sufrimos.
La vida privada de Monsi no nos interesa en lo absoluto. Pero hoy es fundamental que los ciudadanos sepan que Monsiváis era homosexual. Porque de lo contrario no se entiende la lucha que Monsi emprendió por los derechos sexuales y reproductivos; tampoco se entiende por qué escribió numerosos ensayos sobre los putos más célebres y geniales; no se entiende por qué editó y prologó La estatua de sal, de Salvador Novo, las primera memorias homosexuales de la literatura mexicana, memorias que tardaron en aparecer 25 años después de la muerte de “Nalgador Sovo” (mote que le puso el escritor Luis Spota, “Luis es puta”, le reviró Novo); no se entiende por qué Monsiváis es el mejor alumno de Novo y escribió su biografía Salvador Novo. Lo marginal en el centro; no se entiende por qué impulsó la fundación del suplemento Letra S. Salud, Sexualidad y SIDA, de La Jornada.
En definitiva, no se entiende por completo al escritor Carlos Monsiváis. Y con mi formación de crítico de la literatura no estoy dispuesto a ser cómplice del silencio y la doble moral asquerosa de la academia y la sociedad mexicanas. Es cierto, Monsiváis es más que un homosexual, él es el más importante escritor e intelectual de la izquierda mexicana. El hombre de la inteligencia lúcida y lúdica. Si la izquierda no puede asumir esto, se entiende por qué hoy la izquierda atraviesa por una de sus más profundas crisis.
Mientras el ataúd de Carlos salía de Bellas Artes, gritamos “¡Es un honor estar con Monsiváis!”, coreamos el ¡Gooooya! de nuestra UNAM, y cantamos el himno nacional. Alcancé a divisar en la entrada a mi maestro, el sabio Federico Álvarez Arregui. Cuando el féretro fue colocado en la carroza fúnebre, ésta arrancó rápidamente con Omar y Elena Poniatowska en su interior. La caravana a toda velocidad impidió que el adiós a Monsi se convirtiera en un mitin político. Los ánimos estaban exaltados.
Al día siguiente, el hermoso texto de Elena, que leí, “¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi?”, resumió lo que sentía. Elena le dice a su amigo: “… y quiero decirte que nada en los últimos meses de tu enfermedad me ha conmovido tanto como el amor que te tiene Omar. Su dolor te honra, su entrega es tu trofeo y a mí me hace entender lo que significa la existencia real del amor sin límites, el amor que no tiene fronteras sexuales y ese amor me enaltece como enaltece a todos los movimientos de reivindicación o de identidades diversas en mi país, en tu país, en el país de todos nosotros…”. Y debo afirmar con Elena que el amor de Carlos y mi amigo Omar también me enaltece.
La caravana fúnebre pasó a toda velocidad sobre la calle 20 de Noviembre, y desde la acera sólo pude saludar a Omar, en el interior él me respondió con un gesto de su mirada valiente. Luego nuestros ojos se separaron. Y después me solté a llorar en la calle. He llegado al desierto infinito de Sonora mientras escribo esto. Estoy llorando.



Me ha dejado sin aliento, es bueno saber está historia gracias por ser testigo y compartir tan sinceramente con nosotros tú descripción ¡felicidades!
Bonita segunda parte Ernesto