Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen: Monsi. (3era. Parte)
Ernesto Reséndiz Oikión (20/agosto/2010)
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Trato de reponerme, pero es imposible porque no contengo el llanto cuando Elena y Omar se han ido. No sé qué hacer. Camino instintivamente hacia el Museo del Estanquillo/Colecciones Carlos Monsiváis, ubicado en el edificio de la antigua joyería La Esmeralda, en la famosa esquina de Isabel la Católica y Madero. En el techo colgaron una manta con la foto de Monsi. Entro, en el vestíbulo pusieron un libro de condolencias. Una familia escribe allí. El Museo, como buen estanquillo, tiene de todo. Monsiváis es un coleccionista tan importante como Franz Mayer, porque reunió a lo largo de su vida un acervo de ¡15 mil piezas! Este tesoro de valor incalculable es tan grande que exponerlo por completo sería una labor titánica, sólo alrededor de 500 joyas están a la vista del público.
Las colecciones de Monsi son las más completas que tenemos del arte popular mexicano y los artistas del Taller de Gráfica Popular: pinturas de Francisco Toledo; grabados de Posada, Pablo O’Higgins y Raúl Anguiano; estampitas de santos y vírgenes; estampillas y tarjetas postales; maquetas de vecindades, cantinas, iglesias y tlapalerías; juguetes y miniaturas: rehiletes, trompos, baleros, muñecas de cartón, soldaditos de plomo, diablos, ángeles y muchos boxeadores –sus favoritos-; caricaturas de Ernesto “el Chango” García Cabral, Abel Quezada, Gabriel Vargas, Miguel Covarrubias, el zamorano Rius, Naranjo y El Fisgón; esculturas; alcancías repletas de monedas, centavos y billetes; álbumes y fotografías de los hermanos Casasola, Manuel Álvarez Bravo, el juchiteco Sotero Constantino, Juan Rulfo y Spencer Tunick; periódicos con tanta historia; revistas con tantos chismes; ¡libros de todos los siglos!; folletines; pasquines; calendarios; cartas de amor; manifiestos que dan golpes de estado o denuncian injusticias; papeles viejos; hojas sueltas, hojas al viento…
Me abruma el cúmulo de objetos, cosas, cositos, utensilios, útiles, adminículos, amuletos, antigüedades, artilugios, artificios, artefactos, efectos, enseres, baratijas, bisuterías, bujerías, fruslerías, futesas, mugres, menudencias, minucias, madres, naderías, porquerías, recuerdos, pulgas, retales, trastos, trebejos, triques, tiliches, cachivaches, cacharros, chácharas, chatarra, cuchufletos, chunches, chucherías, chivas y chingaderitas… En El Estanquillo se presenta la exposición “México a través de las causas”, que es una lectura histórica del bicentenario y el centenario. ¿Las causas mexicanas son causas perdidas? Recorro las salas, pero no presto mucha atención. Sólo una pieza me detiene, una maqueta de “El baile de los 41 maricones”, junto con el famoso grabado de Posada. Imagino a Monsi embelesado con el ritmo del vals travestido. Un policía se me acerca: “¿Son graciosos, verdad? ¡Hombres vestidos de mujer!”. Sonrío desganado.
Subo a la terraza. Allí una cuentacuentos tiene encantados a un grupo de escuincles gritones. Unos novios se besan y lloran. Un chavo lee Escenas de pudor y liviandad (otro de Monsi). Desde allí contemplo a la ciudad de mis amores. La música del organillero (en vías de extinción) sube desde la calle y llena nuestros oídos. De nuevo, me suelto a llorar, soy un niño inconsolable.
No soporto, bajo las escaleras rápidamente y salgo. Pronto, las masas de visitantes del centro histórico me engullen, murió Monsiváis y los chilangos continúan con sus vidas, con sus pequeños y grandes problemas cotidianos. La ciudad no se detiene, el espectáculo debe continuar y a fuerza de ser tantos y con tan poco espacio se decreta que en la urbe deben seguir celebrándose Los rituales del caos (uno más de Monsi).
Al día siguiente, el lunes 21 de junio, viajo en el metro, desde Ciudad Universitaria a la estación Allende. Llego tarde al homenaje a Carlos en el Teatro de la ciudad de México Esperanza Iris, a un lado de la Asamblea Legislativa, en Donceles. No escucho las palabras del jefe de gobierno, Marcelo Ebrard, y de Elena Cepeda, secretaria de Cultura del DF, que reitera la creación de la medalla Carlos Monsiváis al Mérito de la ciudad. Me pierdo el video de Monsi que proyectan, aunque intuyo que es el mismo que pasaron en TvUNAM. Entro al gran teatro, me toca un lugar hasta el segundo nivel de palcos. En el área de Luneta y galería (Atmósferas de la capital 1920-1959).
Mientras me siento, está hablando la prima de Carlos, Beatriz Sánchez Monsiváis. Ella, a nombre de la familia, agradece las “impresionantes” muestras de cariño y admiración de la gente, desde que el autor de Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina fue internado en el hospital de Nutrición Salvador Zubirán, el pasado 2 de abril. La tía, primas y otros familiares de Monsi están sentados en primera fila. En el escenario han improvisado una sala, con sillones y arreglos florales; al centro, una mesa en donde está la urna con las cenizas de Monsiváis. Ocurre algo chusco que a Monsi le habría encantado: al lado de la urna de barro, creación del maestro Francisco Toledo, está una botella de plástico. Un edecán sube al escenario para discretamente retirar la botella. Las cenizas y el plástico. Polvo somos y -debido a nuestra contaminación- con el plástico conviviremos.
Es el turno de Omar García Cervantes, el gran amor de Monsi. Omar está muy nervioso y lee atropelladamente un texto de Carlos titulado “Las causas perdidas”: “Las causas perdidas comparten numerosos rasgos de los movimientos derrotados, pero vienen de más lejos. De la elección ética con resonancias estéticas, del adherirse a reclamaciones y reivindicaciones condenadas al fracaso inmediato, pero pálidas en sí mismas, incapaces de difundir ese momento de dignidad…” ¿Las causas mexicanas son causas perdidas? Entonces me siento derrotado y lloro.


